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Esta página no es apta para intransigentes y susceptibles. En ella pueden encontrarse posiciones contrarias a su manera de sentir o vivir. Pero, tengan un momento de generosidad, y permitir a un bolichero con treinta y cinco años ininterrumpidos de oficio, de expresar sus puntos de vistas sobre su vaso preferido, sobre un mítico corte de carne, sobre los cocineros honestos y sobre las transformaciones que han llevado al café a la decadencia y a la indiferencia y de resucitar el placer inmenso de tomar agua. El vaso del bolichero El capuchino de los argentino Una parábola de Platón para cocineros El emperador Tiberio y la sabiduría del comer El agua La lágrima La carne no es sinónimo de lomo Agua helada con zammú Limonada Té helado Lágrima
El vaso del bolichero
Con el avance de una sociedad extranjerizante, cholula y cheta, inclinada a recibir todo lo que no es nuestro, por considerar lo nuestro, populachero y mersa, se ha abandonado casi por completo la buena costumbre del capuchino o cortado en vaso, como algunos lo llamaban. Por varios motivos sustituía el café expreso de los italianos o el abundante café con leche de los españoles. Ni uno, ni otro: un intermedio para mojar una o dos medialunas, de grasa mejor, con una pequeña charla matinal entre parroquianos y a trabajar. Se amanecía con él, amén primero de haber tomado unos matecitos en la cocina del hogar. Y adelante de él se descargaban los comentarios obligatorios de la política, del trabajo o de la familia. Se sirve en mi vaso, se toma con los cinco dedos... tiene otro sabor. El sabor de un día prometedor, lleno de trabajo y de esperanza. El sabor de un café sin demasiadas pretensiones, con leche espumosa, bien caliente, para quemarse las tripas en una dura y fría madrugada de invierno. Con un ginebrita o un coñac se completaba el necesario lleno para enfrentar las duras labores del puerto, de la construcción o de la fábrica. No era para señoritas... en él se reflejaba el hombre, la argentina que crecía, que se formaba bajo los poderosos brazos del trabajador inmigrante. En las oficinas de las 'cities', un 'intermezzo' a las diez de la mañana. Ha claudicado bajo las incursiones de oleadas de tacitas tipo chinas, de inconsiderado tamaño, pequeñas, trágicas, incomodas, abstrusas. O de la jarrita... del árabe gárra, pero asociada al sajón "jar", recipiente con manijas empleado para llorar. En ella se sirve la "lagrima", suerte de leche hervida teñida con café, síntoma de poco aprecio para una buena infusión o una buena leche; la lagrima, una obligación de un herido parroquiano que ya no puede tomar más nada: parroquiano finolis, delicado, cortés, de pocos callos y pocos pelos y gran disposición a la diabetes... ¡perdón!
La receta Es muy simple: medio vaso de café expreso, terminando de llenar con leche fresca calentada al vapor, espumosa, (no con espuma, toda la leche debe ser espumosa) con la maestría del buen cafetero. Azúcar a voluntad, dos cucharaditas bastan. Infaltables una o dos medialunas de grasa, finitas y algo tostaditas. Con facturas o medialunas dulces para los más jóvenes.
Una parábola de Platón que vale también para los cocineros.
Su artículo de hoy, si nuestro Presidente es un estadista o un demagogo, se abre con una parábola atribuida a Platón: sintetizando, un día, un ciudadano de la polis ateniense se enfermó y corriendo llamó a su médico de confianza. Luego de revisarlo concienzudamente el galeno le dijo que la enfermedad era de gravedad y por lo tanto se debería aplicar un tratamiento extremo. Difundido el caso, uno de sus amigos y gran orador se acercó a visitarlo y con exceso de consuelo y con sus dotes de orador, lo convenció que aquel médico había incurrido en un diagnostico falaz para cobrar hasta su muerte jugosos honorarios; entonces que no se preocupara tanto y siguiera su vida normal. Era en realidad lo que quería escuchar el enfermo que se sintió mejor por un breve periodo gracias a las esperanzas que había infundido el convincente amigo, pero pronto murió, según el vaticinio del médico.
Aristóteles comparó al demagogo que adula al pueblo soberano en las democracias con el cortesano que adula al rey en las monarquías. El papel del médico lo cumple una minoría honesta que dice la verdad, casi siempre sin aceptación ni popularidad. Lo ideal sería ser buen médico y convincente… Algo parecido pasa con la cocina y los cocineros y la comida. La cocina es la arena política, los cocineros sus administradores, la comida es lo bueno o lo malo, la mentira o la verdad, la salud o la enfermedad. A quien no le gusta el pescado no quiere ni que se lo nombre: hace mueca desagradable y lo peor que se asquea de los que lo comen. A los que no les gusta la verdura, el brócoli, la coliflor te miran como bicho raro porque dicen que hace mal olor. No hablar de los cereales, garbanzos, lentejas, porotos… ¡inflaman! El entendido cocinero, honesto, desde su modesto escaño propone platos con fundamentos éticos, sin engaños, con materia prima de buena calidad y fresca. La publicidad, valiéndose de potentísimos medios, demuele todas las barreras históricas y tradicionales, para inculcar nuevas formas de comidas, con sabores cautivantes inexistentes en la naturaleza del universo, creados para sujetar a las nuevas generaciones, que por las influencias foráneas, rompen todos los lazos con la cultura de lo nuestro. Nuestro cocinero se parece a un médico honesto y con poca oratoria. Otros cocineros, llevado a veces por su propia naturaleza, a veces por los medios citados, propagan superficialidad y poca ética, peden compararse a malos médico y buenos oradores. En fin, gracias a algunos buenos cocineros y penetrantes convencedores, la buena cocina aflora a cada tanto de la mediocridad regida por los intereses. Un día, en Roma, trasladado a un hotel de lujo por problemas de vuelo, me ilusioné con la cena que en pocos minutos nos iban a ofrecer. El salón pintaba bien, alfombrado de lo más lujoso, mesas, vajillas, mozos, todo un sueño. Nuestros estómagos ya se retorcían en la espera del inminente primer plato. Y finalmente, un plato con mitad de arroz a la milanés y con otra mitad de 'penne' con salsa, empezaron a licuar las expectativas. El segundo, un bife americano con esporádicos vegetales: sepa usted que tal bife es un picado de carne de cualquier proveniencia, saborizado y asado, y con una salsita a base de fondo de cocción de carnes al horno con etcétera, etcétera. Y como postre, un flancito de molde, nada caseros, súper industrializado, con un económico copito de crema vegetal encima. Al lado mío se distinguía una mesa con un high jet set del gobierno del uno a uno: ni para ellos hubo un cachito de piedad… Me olvidaba decirles que el menú tenía unos nombres apabullantes. Lo que no recuerdo es el nombre del hotel, ¡en serio!
El emperador Tiberio y la sabiduría del comer Tengo un joven amigo,
Andrés de nombre, 43 años. Lo conozco desde los 10. Ingeniero, avezado manejador
de intrigas en el partido donde desarrolla una intensa actividad. Los
conciliábulos implican siempre un trato no tan delicados para los estómagos de
los conjurados: asados de calidad ínfima ejecutados bestialmente, chorizos
requemados de escasa calificación, hamburguesas de intensísimo sabor y aroma
plastificadas por la brasa intensa. Esta obligada implicancia nutritiva lo ha
hecho casi un obeso . Demasiado joven para padecer de excesiva colesterolemia.
Drástica decisión entonces e intervención médico nutricionista: lechuguita,
zapallo en puré, nada de pan, y todas las prohibiciones del mundo. ¿Y después
qué? Yo quiero dar mi osada opinión a través de la introducción a un libro de
cocina italiana de primer 'novecento', de Pellegrino Artusi. De las peripecias
de ese libro haré posterior referencia.
Pasqualino Marchese, Julio de 2004
Mi portero, o mejor dicho, el encargado de la vida de todos los desafortunados que vivimos en un edificio de horizontales, sigue todas las mañanas o cuando el reglamento se lo autoriza, manguereando la vereda correspondiente, durante horas. Y mi pensamiento corre en seguida muy lejos en el tiempo. En el lugar donde nací, de primavera a otoño, todo se volvía árido, las montañas perdían su escaso verde, los pastos se convertían en tierra y polvo; una sequedad absoluta. Todos los cielos de todos los días eran (y son) iguales: sin casi nubes, azules, con un sol calcinante, raramente algunas lluvias. La escasez de agua hacía parte de la vida diaria. Algún hilito permitido dos horas por día llegaba a la canilla para llenar lo que se podía. Un dicho expresaba claramente la falta: “Aquí el agua es como el oro”. O más. Mi barrio tenía una playita, y el mar. Único refresco económico y venturoso. Nuestro bolsillo también estaba sequito: generosamente nuestra madre le ponía, a veces, diez liras. Éstas, eran el medio para obtener uno o dos vasos de agua fría del quiosco ubicado en un ángulo de la plazoleta frente a la pequeña bahía. Con el pelo enrubiecido por la permanencia el en mar, los labios resecos y las cejas blancas de sal, con el gusto más grande del mundo tomábamos un grandote vaso de agua servido por una sonriente anciana que por lo menos dos guerras había pasado. Y más grandes y con cincuenta liras en el bolsillo, los domingos después del cine, hacíamos cola en otro quiosco, está vez, por alguna granita, es decir, jarabe de frutas, hielo y soda. Si hubiéramos tenido algo más de metálico podríamos haber saltado a un jugo de naranjas… De una cosa me alegro: no haber llegado al alegre consuno de las gaseosas o de las aguas azucaradas y coloreadas. Me alegro de seguir tomando agua, la misma que sale de la manguera de mi cancerbero. Y como este sitio de cocina trata, les voy a dedicar algunas recetas al agua. Las aguas minerales y las gasificadas son agua, un recurso de excelencia para acceder a la potabilidad donde no es posible obtenerla. Además, según los entendidos, el contenido de minerales de algunas respetables aguas envasadas, mitigan la corrosión que pueden causar a la dentadura los zumos cítricos o de frutas en general.
Agua helada con zammú – El zammú es un anís para agua con una graduación de 60 grados. Tome un vaso limpio, póngalo bajo el chorro de agua de la canilla, refriegue el borde con medio limón, enjuáguelo, llénelo de agua, sírvalo y hágale caer 4 ó 5 gotas de anís. Éste empieza a enturbiar el agua y la volverá blancuzca. La fría agua y la frescura que emana el anís será todo un descubrimiento para satisfacer la sed de los días calurosos que nos toca soportar este año. En forma casera, el "zammù" se prepara combinando 250 cc. de aguardiente con 3/4 de taza de azúcar, 1/4 de taza de semillas di anís y cáscara de limón rallado. Se deja fermentar y se agita periódicamente durante un mes; luego se filtra y se embotella.
Zumo de 3 ó 4 limones, 100 gramos de azúcar, algunas cáscara finita, un litro y medio de agua fría, hielo. Mezcle bien y sirva dentro de la hora.
Con un litro de agua hirviendo y cuatro cucharaditas de té en hebras, o cuatro saquitos, prepare el té agregando azúcar según gusto y algunas gotas de jugo de limón. Enfríe y ponga en jarra o botella y guarde en heladera. Tómelo helado.
Entiendo que no todo el mundo tiene acceso a un agua potable de buen sabor y muchos, ni a lo necesario para tomar o cocinar. Me uno a los que sabiamente sabrán adoptar una política equitativa para llevar el vital líquido a todos los hogares de Argentina y del mundo. Y que los “porteros” que aprendan a hacer un uso racional de ella. Y por último, quisiera decirles a los jóvenes y cholulitos que volver a tomar agua no es señal de miseria, es nuevamente ser rico y privilegiado.
Cuando alguien pide una lágrima, usted se encuentra delante de un enfermo o de un señor demasiado delicado. También puede darse que el enfermo y el delicado se encuentren frente a un señor cafetero que hace pésimo café. Entre ambas posiciones se ha logrado una aberrante mezcla de leche aguada hervida con un sabor lavado a café. Para sanear la desagradable infusión, el cliente endulza demasiado su brebaje, generalmente con tres o cuatro sobrecitos de edulcorante. ¡Una asquerosidad! Soy un enemigo de las lágrimas, de este tipo y de las verdaderas. He asistido durante mis treinta y cuatro años de bolichero a un deterioro constante en la manera de tomar y apreciar el café. De mezcla de cafés malos, generalmente baratos, no se logra nada bueno: un liquido negro que corroe el estomago. Y el cliente obrando en defensa propia pide un agregado generoso de leche, y siempre más, hasta casi la totalidad, Así queda un “lagrima” de caldo de pulpitos mezclada con leche. Y como estos parroquianos son representativos, hablase de abogados, señoritas de bancos y oficinas, empleadas de comercio chic, la lágrima se ha impuesto a toda ‘fashion’. Es ‘fashion’. Quedan pocos que todavía toman un buen expreso o un espumoso capuchino, y pocos que lo saben hacer. Pese a todo, hay una manera de honrar a una ‘lágrima’ y honrase a uno mismo, si uno es cafetero. Les doy la receta enseguida.
Si posee un negocio de cafetería, de una carga escasa de café molido, haga caer hasta un centímetro de altura de café en una jarrita y llénela de leche fresca calentada a vapor bien espumosa. Sin edulcorante y poca azúcar. En casa, haga café normalmente con una cafetera Express o napolitana empleando el mejor café del mercado, fresco y sin que haya perdido su aroma. Llene la sexta parte de su taza o jarra y complete con leche caliente. De esta manera, siempre disfrutará del sabor de un buen café, de fondo…
La carne, no es sinónimo de lomo. Con una simple exploración de este sitio, se habrá dado cuento que no soy un fanático del lomo, pieza ubicada en la parte interna de las primeras costillas posteriores de una res. No me identifico con él. Es la pieza más cara y preciada del animal, es cierto. Inalcanzable para los bolsillos medios y ni hablar de los menesterosos. Es una palabra muy común, y nada más. ¿Cuántas veces, durante los últimos diez años, comió lomo? Mi plomero me dijo, ¡nunca! Lo escucho nombrar a menudo de la boca de algún empresario endeudado o casi quebrado, o en muchos medios televisivos haciendo de la carne la cocina imposible, recóndita, o en los buenos o caros restoranes dónde los lomos a la pimienta o con champiñones va y vienen como los mismos mozos, perdón ‘maîtres’. Hay gente que gana mucha plata, acá y en todo el mundo. Pero, nosotros, no somos aquéllos. Entonces, por la bronca que le tengo, al lomo, le voy a ofrecer una receta alternativa, nada despreciable en sabor y terneza, con guarniciones especialmente indicadas. Nada de salsitas, cremitas, gírgolas o mantequillas. Con poca plata, un gran plato.
Medallones de carnaza deshuesada de novillo con ensaladas de huerto y caponata – Vea la receta de la caponata y cuando la tiene hecha, entonces cómprele un lindo garrón trasero de novillo, sin hueso, a su carnicero de confianza. Ingredientes: Carnaza deshuesada cortada en medallones de 2 centímetros y medio limpios de grasita y membranas. Sal, aceite de oliva virgen. Ensaladas varias con elementos provenientes de huerto familiar, en lo posible. Preparación de la carne: Saque la carne de la heladera una horita antes para que se ambiente. Coloque los medallones en una sartén caliente apenas untada con aceite de oliva, u otro bueno. Deje asar primero de un lado suavemente y luego del otro buscando de hacer coincidir al centro las dos cocciones. Sirva en plato, sale a gusto y rocié con aceite de oliva. Acompañe con todas las ensaladas que puede combinar y la afamada caponata de berenjenas.
La contaminación del gusto y del olfato.
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